Hace muchos muchos muchos años, había una hermosa princesa amante de la pintura.
Ella se pasaba todas las mañanas y todos los atardeceres dibujando. Sus cuadros eran preciosos y transmitían sentimientos llenos de esperanza y libertad. Todas sus pinturas estaban llenas de colores, vida y sobretodo muchísimas flores de todo tipo. La princesa era feliz dibujando cada lirio, cada girasol, cada pequeña lila...la princesa loca no hacía más que pintar felicidad por todos lados.
Un día, un mensajero llegó al palacio donde ella vivía junto a su padre. Este hombre traía la triste noticia de que el pueblo del pie de la colina carecía de comida y salud. Los niños morían de hambre en las calles, los adultos trabajaban duramente de sol a sol para poder ganar unas míseras monedas, el ganado enfermaba, los cultivos se secaban, la gente peleaba por diminutas migas de pan y los llantos de bebés no se calmaban nunca. Todo era un caos, y el rey lo sabía, todo lo que el mensajero le iba contando era ya conocido por el padre de la princesa, pero no por la pequeña joven, la cual escuchaba todo lo que ocurría desde una ventana del enorme jardín.
La pequeña chica, espantada, fue a rogarle a su padre una vez se fue el joven, que le diese partes de sus riquezas a la gente del pueblo, para que todos pudieran estar tan cómodos como ella. Pero al escuchar esto el rey entró en cólera y se lo negó. Ellá le rogó que la dejase ir con los plebeyos a ayudar, y él le contestó que si iba, no se molestase en volver. Y eso hizo la princesa: se descalzó, cogió pan, leche y pinceles, y fue hasta el pueblo.
Al llegar allí todos gritaron de felicidad. La bella princesita tría comida para todos y ella disfrutaba de sus sonrisas y sus agradecimientos. Era realmente feliz pudiendo ayudar en las tierras que su padre gobernaba desde lo alto de la colina.
Pero no fue suficiente. El pan y la leche se les acabó, y ella no podía volver a palacio. Ayudó con el cultivo todo lo que pudo, pero una princesa criada entre lujosidades no conseguía ayudar a aquellos pobres campesinos. Todo era demasiado duro. Cada vez morían más personas y la princesa se sentía más y más sola. Cuando alguien fallecía, ella lo llevaba a la plaza del pueblo y lo cubría con una manta llena de flores pintadas por ella. En menos de una semana, la princesa se encontraba sola en aquel pueblecito, todos los demas estaban inertes bajo mantas y mantas llenas de pequeñas flores.
La chica subió la colina hasta llegar a la puerta de palacio. Cuando llegó allá cogió un pequeño papel y escribió unas palabras para su padre, luego bajó de nuevo y se adentró en los bosques del reinado.
El rey siguió las instrucciones que ponía en el papel. Decía que se asomase al jardín y observase el pueblo que estaba al pie de la colina. Este se veía cubierto de hermosas flores, todo lleno de bonitos colores vivos y alegres. Pero el rey no sonrió, porque cada porción de tierra cubierta por flores era el cádaver de un aldeano púdriendose ante el gran sol de una mañana de agosto.
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