Magic

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Cuando el tiempo se congela y la lluvia queda suspendida en el aire, es hora de dejar que la imaginación haga locuras con las letras.

jueves, 15 de mayo de 2014

Vivir vale la pena

Tuve que ver la muerte para aprender a vivir, y eso es muy curioso. 
Dicen que no se valora lo que se tiene hasta que se pierde, y que uno ama realmente cuando esa persona se ha ido. Es decir, que para ver algo, primero tienes que ver su opuesto, lo contrario.
Si eso lo lleváramos a todos los aspectos de la vida, esa teoría pasaría a ser surrealista. No podrías saborear lo dulce hasta haber probado lo amargo, no podrías reír sin haber llorado primero, no podrías ir a la izquierda sin haber ido antes a la derecha. Y no podrías tener amigos sin saber que es la soledad primero.
Nada de eso tiene sentido, lo sé. Y lo cierto es que no sé muy bien como se rigen las leyes del universo, hasta que punto una idea puede ser cierta, cuanta realidad hay en una teoría bien formulada. Ni siquiera sé por qué ocurren las cosas más simples, como por qué un bocadillo sabe mejor en la playa, o cómo se mantiene un barco a flote con lo muchísimo que pesa.
Lo único que sé es que aprendí a vivir muchos años después de haber nacido. Porque existir y vivir no es lo mismo. Respirar, comer, dormir, ir al colegio o abrazar a un amigo; todo eso es existir.
Pero vivir es otra cosa.
Vivir es respirar y sentir como se llenan tus pulmones de aire. Un aire que después, lentamente sale por tu boca y llega a parar al cuerpo de otra persona que ni siquiera conoces, pero con la que ya has compartido algo que ha estado a escasos centímetros de tu corazón.
Vivir es un desayuno en compañía, con café caliente con mucha azúcar, que recorre tu garganta y huele a un buen día.
Vivir es acostarte y sentir como la almohada cede bajo tu peso, cómo las sábanas perfilan tu cuerpo y sientes que no puede haber lugar más seguro que ese en el mundo; aunque solo te proteja una pequeña tela.
Vivir, que remedio, vivir es levantarte temprano al sonar el despertador y calzarte tus zapatillas más cómodas, porque sabes que te espera un día agotador.
Vivir sí es abrazar a un amigo. Pero no por el hecho de abrazarle, si no porque al hacerlo sientes como tienes entre tus brazos una de las cosas más importantes del mundo.
A veces dejamos que pasen los días sin ser conscientes de todo lo que nos rodea. Solo somos capaces de mirar el reloj y seguir una rutina, esa que si sabemos captar sus detalles; comprendemos que no es monótona, si no que esta llena de pequeñas cosas que hacen cada día inesperado y único.
Hace poco que vivo, y puedo decir que es agotador. Vivo con tanta intensidad que acabo exhausta.
Sé muy pocas cosas, pero entre el pequeño repertorio de experiencias que tengo; puedo sacar algo en claro, y es que vivir vale la pena.

miércoles, 7 de mayo de 2014

No puedo más.

Como la echo de menos.
Sé que ya apenas escribo de algo que no sea sobre ella, pero es que no puedo pensar en otra cosa.
Cada mañana me levanto pensando en cuanto la extraño, y me duermo de la misma manera.
Cada día dedico un rato a recordarla, a asegurarme de que no me olvido de su risa, ni de su pelo, ni de su perfil, ni de su olor. Como la quiero.
Y es que a veces es sencillamente imposible pensar que no volveré a verla, ni a discutir con ella. No podré tocarla.
Y aún es más duro cuando no puedo hablarlo con nadie que no sea su fotografía, porque es incómodo. Aquel a quien le comento algo suele cambiar de tema rápido, porque no es agradable hablar de aquellos que ya no están. Y yo lo comprendo. Y lo respeto. Pero hay días que sencillamente necesito gritarle a alguien que duele demasiado. Que escuece. Que lloro casi cada día.
Me gustaría poder describirla, contar anécdotas sobre ella, sobre nosotras.
Pero nadie quiere escucharlas.
Y quizás yo tampoco quiera. A veces, cuando la comento de pasada, se me hace un nudo en la garganta y algo frío me atraviesa el pecho. Y en ese momento, simplemente me gustaría comentar "la echo de menos, ¿Tú no?" Pero sé que si lo dijera, me echaría a llorar.
Mi niña.
Mi hermana.
Nos prometimos tantas cosas.
Y la defraudé tanto.
Y son días así, un miércoles cualquiera a las ocho de la tarde cuando de repente no puedo evitar soltarlo de algún modo. Porque un día cualquiera como es hoy yo estaba hablando con ella quizás, o sentada en el sofá hablando de estupideces.
Que guapa era.
Que preciosa.

domingo, 4 de mayo de 2014

"Frena"

Últimamente todo el mundo me dice "frena".
Y es curioso, porque yo siento que voy a pasos de tortuga.
Varias personas me han dicho irónicamente "tú sabrás lo que haces".
Y me hace gracia, porque nunca he creído que no supiera lo que estaba haciendo.
En alguna ocasión he oído algo como "así vas mal"
Y yo, extrañada, comparo con ayer y no lo veo todo tan malo.
Creen que he perdido la cabeza.
Que hago lo que hago para huir del miedo.
Y es cierto.
Pero, ¿Qué esperan? 
Anoche, a una hora demasiado tarde como para estar aún despierta, pero muy temprana como para haberme levantado ya; sentada en una plaza concentrándome en el cambio de las luces de neón de una discoteca y dejando que los efectos de aquello que hubiera bebido y fumado se me pasaran un poco, pensé en aquello que me decían. Y quizás tuvieran razón, tal vez eso no era propio de mí.
Ahogar las penas, lo llaman.
Yo prefiero referirme a ello como pasarlo bien.
Pero no todo el mundo está de acuerdo con eso. Había convertido eso en rutina, como mucha gente hace. Aunque como siempre, para los demás está permitido, pero para mí no. Porque siempre tengo que ser la excepción. Porque yo tengo que enfrentarme al mundo, no me puedo evadir, ni anestesiar mi cerebro.
No me quieren dejar tomar caminos fáciles.
Nadie lo ve. No me voy a estrellar, sé lo que hago y no voy mal. Simplemente a veces se necesita dejar de lado los recuerdos, olvidarlo todo, sentir sencillamente que eres uno más entre la gente, bailando, riendo, comportándote como uno más.
Tengo miedo. Pero sé como pararlo.