Dicen que no se valora lo que se tiene hasta que se pierde, y que uno ama realmente cuando esa persona se ha ido. Es decir, que para ver algo, primero tienes que ver su opuesto, lo contrario.
Si eso lo lleváramos a todos los aspectos de la vida, esa teoría pasaría a ser surrealista. No podrías saborear lo dulce hasta haber probado lo amargo, no podrías reír sin haber llorado primero, no podrías ir a la izquierda sin haber ido antes a la derecha. Y no podrías tener amigos sin saber que es la soledad primero.
Nada de eso tiene sentido, lo sé. Y lo cierto es que no sé muy bien como se rigen las leyes del universo, hasta que punto una idea puede ser cierta, cuanta realidad hay en una teoría bien formulada. Ni siquiera sé por qué ocurren las cosas más simples, como por qué un bocadillo sabe mejor en la playa, o cómo se mantiene un barco a flote con lo muchísimo que pesa.
Lo único que sé es que aprendí a vivir muchos años después de haber nacido. Porque existir y vivir no es lo mismo. Respirar, comer, dormir, ir al colegio o abrazar a un amigo; todo eso es existir.
Pero vivir es otra cosa.
Vivir es respirar y sentir como se llenan tus pulmones de aire. Un aire que después, lentamente sale por tu boca y llega a parar al cuerpo de otra persona que ni siquiera conoces, pero con la que ya has compartido algo que ha estado a escasos centímetros de tu corazón.
Vivir es un desayuno en compañía, con café caliente con mucha azúcar, que recorre tu garganta y huele a un buen día.
Vivir es acostarte y sentir como la almohada cede bajo tu peso, cómo las sábanas perfilan tu cuerpo y sientes que no puede haber lugar más seguro que ese en el mundo; aunque solo te proteja una pequeña tela.
Vivir, que remedio, vivir es levantarte temprano al sonar el despertador y calzarte tus zapatillas más cómodas, porque sabes que te espera un día agotador.
Vivir sí es abrazar a un amigo. Pero no por el hecho de abrazarle, si no porque al hacerlo sientes como tienes entre tus brazos una de las cosas más importantes del mundo.
A veces dejamos que pasen los días sin ser conscientes de todo lo que nos rodea. Solo somos capaces de mirar el reloj y seguir una rutina, esa que si sabemos captar sus detalles; comprendemos que no es monótona, si no que esta llena de pequeñas cosas que hacen cada día inesperado y único.
Hace poco que vivo, y puedo decir que es agotador. Vivo con tanta intensidad que acabo exhausta.
Sé muy pocas cosas, pero entre el pequeño repertorio de experiencias que tengo; puedo sacar algo en claro, y es que vivir vale la pena.