Es por ella por quien levantaré mi copa y brindaré.
A quien dedicaré mis logros, mis sonrisas, mi suerte.
Será ella siempre a la que imagine abrazándome cuando estoy hundida.
Será su recuerdo el que me haga retorcerme de dolor al mismo tiempo que me alivie como si fuera una canción de cuna.
Será su fotografía la que me quede mirando cada vez que me siente en mi escritorio, y será su voz la que escuche en mi cabeza cuando no sepa que camino tomar.
Será su chaqueta la que me caliente por las noches, la que me alumbre con su rojo fuego.
Será su collar el que adorne mi cuello, sintiendo como la fría piedra acaricia mi clavícula.
Por ella me levantaré las veces que me caiga. Aunque tenga las rodillas raspadas, aunque me sangren los codos, aunque nada amortigüe la caída. Porque solo recordar esa risa, esos ojos determinantes, esa fuerza; será suficiente para que únicamente mi voluntad cargue con mi cuerpo y lo lleve a donde sea que deba ir.
Y es que es ella. Es su pérdida la que llevo a los hombros con orgullo, aunque pese, porque nada me honra más que haya estado conmigo todos esos años; y porque es mi ejemplo a seguir, mis ganas de no tirar la toalla, de ser cada día un poquito más fuerte.
Nunca nadie podrá llegar siquiera a imaginar cuanto la quiero, y cuanto la extraño. Cuantas veces la pienso al día, o cuantos recuerdos guardo como si fueran el tesoro más valioso del mundo.
Y aunque se me llene el pecho de pena, también lo inflará la admiración que siento.
Y es por eso, por ella, por su reflejo en las nubes, por lo que no seré nunca capaz de rendirme.