Yo adoraba escribir.
Sentía como del centro de mi pecho salían un montón de sentimientos y formaban letras sobre una hoja, escondidos entre apuntes de clase.
Escribía sobre cualquier cosa, cada pequeño detalle que yo considerara especial. Cargaba mi pistola con recuerdos y disparaba contra un lienzo en blanco, salpicando mi mundo entero, haciéndolo temblar.
Las palabras de quienes me leían me animaban a seguir haciéndolo; era mas que un pasatiempo: era una vía de escape. Un pasadizo que me llevaba allí donde no existía la crueldad, ni los corazones rotos, ni el miedo.
Ya no sé que ha sido de ese lugar. Quizás un ejército con tanques cargados de realidad lo destruyeron todo, o simplemente construyeron encima. Quién sabe.
Lo único cierto es que dejé de escribir.
¿Para qué? ¿Huir de nuevo a un mundo donde solo estoy yo y mis estúpidas imaginaciones?
Al principio pensé que simplemente había crecido. Ya sabes, inventar es para niños. Yo creí que había crecido, que ya no me interesaba todo esto, que mis nuevas ocupaciones eran más importantes, que tenía que dejarme de fantasías.
Pero si soy sincera, nada de eso es cierto. No es que me desinteresara mi pequeño y maravilloso mundo, lo que en verdad ocurría es que la cruda realidad había caído sobre mí, su peso recaía entre mis hombros, y tan ocupada estaba con que no me aplastara que a penas podía pensar en evadirme.
Y quizás siga siendo así.
Porque ya no hay magia en mis palabras, ya no hay fantasía.
Solo anhelo, y sequedad.
Se podría decir que las arterias de mi imaginación se han taponado, y ya no les llega vida.
Todo es áspero, gris; sin una pizca de todo lo que fui ayer.
Echo de menos escribir. Pero quién sabe, quizás algún día un buen médico me haga un trasplante, y vuelva a soñar.
Magic
Cuando el tiempo se congela y la lluvia queda suspendida en el aire, es hora de dejar que la imaginación haga locuras con las letras.
domingo, 30 de marzo de 2014
sábado, 22 de marzo de 2014
Pequeños amores
Nunca olvidamos a nuestro primer amor.
El primer beso que te hace subir al cielo, la primera caricia indiscreta, el primer ''te quiero", las primeras citas.
Yo me sentía tan mayor aquellos días: ya había cumplido 13 años, y podía considerarme oficialmente una adolescente. ¡Uau! Qué palabra. Sonaba tan bien.
Cada viernes salía con amigos mayores, y eso me hacía sentir aún mejor. ¡Mi mejor amigo tiene 15 años! ¡Ya es todo un hombre!
Y después cuando tocaban las nueve de la noche volvía a casa y le contaba a mi madre todos mis nuevos ''problemas adolescentes''
Y entre todos aquellos días estaba él: mi primer chico. O al que yo consideraba el primero. El primer ''novio'', otra palabra que se hacía tan grande en mi boca.
Duramos cinco meses. ¡Cuantísimo tiempo! Parecía una eternidad cuando realmente era solo un suspiro.
El me enseñaba marcas de coches, y cuando yo acertaba una, me besaba.
Eramos pequeños, e inmaduros, no teníamos experiencia y nos encantaba.
Pero después tocó crecer. La palabra adolescente ya no sonaba tan bien, el instituto era más duro de lo que esperaba y a veces resultaba hasta cruel. Nos separamos y no volvimos a saber del otro, apenas pequeñas noticias que nos llegaban de los amigos que aún teníamos en común. Cada uno siguió su camino, y cuando ya podíamos decir que casi habíamos dejado atrás la adolescencia, volvimos a encontrarnos.
Y parecía que esos años no habían pasado.
Por supuesto, los cambios eran evidentes, pero el brillo de ojos era el mismo. La sonrisa estaba manchada de experiencia y humo, pero seguía siendo suya. El olor, la forma de caminar, de abrazarte, todo eso seguía intacto, como si el tiempo no lo hubiera mancillado.
Siempre me sorprendo de como pasa el tiempo, como va cambiando todo. Pero aún me sorprendo más cuando observo que algunas cosas no cambian aunque los siglos las aplasten.
El primer amor nunca se olvida. Quizás sea porque nunca cambia.
martes, 11 de marzo de 2014
El día que iba a morir.
Una mañana desperté convencida de que ese mismo día iba a morir.
No hubo ninguna señal, ni se me apareció la muerte en sueños, ni esas tonterías que vienen en los libros; simplemente lo supe: sonó el despertador, abrí los ojos, miré al techo cuando la irritante musiquita del móvil seguía sonando y pensé ''hoy voy a morir''. Así de sencillo.
Si soy sincera, no me entristecí, ni lloré. Me levanté, apagué el despertador, me vestí y bajé a desayunar.
Comí cereales con leche fría y un vaso de agua.
Fui al baño, me maquillé, me lavé los dientes, me peiné, cogí mi mochila y me fui al instituto.
Pasé un día como cualquier otro, solo que mentalmente me iba despidiendo de cada uno de mis padres y profesores. Hablaba con ellos, les reía las gracias y preguntaba mis dudas en clase mientras pensaba ''a ti te voy a echar de menos, eres buena chica'' o ''cuando mañana no esté, ¿Con quién se sentará mi compañero de mesa?''
Había dado por hecho que iba a morir, y no iba a hacer nada para evitarlo.
Cuando volví de clase me puse a estudiar para el examen que tenía al día siguiente a pesar de que sabía que no lo iba a hacer. Llamé a mi padre y cuando me despedí de él supe que sería lo último que le diría.
Me duché y dediqué un largo rato a cepillarme el pelo mojado mientras miraba mi cuerpo desnudo en el espejo.
''Que joven voy a morir, si aún no tengo arrugas''
Y me peinaba.
''Me hubiera gustado saber como sería de vieja. Algunas ancianas simplemente se ponen gordas, pero mi abuela es delgada, ¿Cómo sería yo?''
Y me seguía peinando.
''Tener el pelo blanco hubiera estado bien''
Cené. Vi la televisión un rato. Subí a mi dormitorio y leí, dándome cuenta que nunca llegaría a saber el final de aquella tonta historia que bailaba entre las páginas.
A las diez y media apagué la luz y antes de dejarme vencer por el sueño, me despedí de mí misma.
''Adiós yo. Me ha gustado estar contigo todos estos años, ha habido peleas y a veces te he hecho daño, pero no ha sido una mala relación al fin y al cabo. Cuando ya no sea yo me echaré de menos, pero espero saber como ser yo sin ser yo porque yo voy a morir. Vaya, que cosa más rara''
Mi último pensamiento antes de quedarme dormida fue que iba a morir sin probar el helado de boquerones.
A la mañana siguiente desperté y volví a mirar el techo.
Mis piernas, mis brazos y mi cabeza seguían igual que siempre.
No estaba muerta, al menos no a efectos prácticos.
Pero si soy sincera, ahora que han pasado varios meses de aquello, desde entonces sigo preguntándome si realmente morí aquella noche.
No hubo ninguna señal, ni se me apareció la muerte en sueños, ni esas tonterías que vienen en los libros; simplemente lo supe: sonó el despertador, abrí los ojos, miré al techo cuando la irritante musiquita del móvil seguía sonando y pensé ''hoy voy a morir''. Así de sencillo.
Si soy sincera, no me entristecí, ni lloré. Me levanté, apagué el despertador, me vestí y bajé a desayunar.
Comí cereales con leche fría y un vaso de agua.
Fui al baño, me maquillé, me lavé los dientes, me peiné, cogí mi mochila y me fui al instituto.
Pasé un día como cualquier otro, solo que mentalmente me iba despidiendo de cada uno de mis padres y profesores. Hablaba con ellos, les reía las gracias y preguntaba mis dudas en clase mientras pensaba ''a ti te voy a echar de menos, eres buena chica'' o ''cuando mañana no esté, ¿Con quién se sentará mi compañero de mesa?''
Había dado por hecho que iba a morir, y no iba a hacer nada para evitarlo.
Cuando volví de clase me puse a estudiar para el examen que tenía al día siguiente a pesar de que sabía que no lo iba a hacer. Llamé a mi padre y cuando me despedí de él supe que sería lo último que le diría.
Me duché y dediqué un largo rato a cepillarme el pelo mojado mientras miraba mi cuerpo desnudo en el espejo.
''Que joven voy a morir, si aún no tengo arrugas''
Y me peinaba.
''Me hubiera gustado saber como sería de vieja. Algunas ancianas simplemente se ponen gordas, pero mi abuela es delgada, ¿Cómo sería yo?''
Y me seguía peinando.
''Tener el pelo blanco hubiera estado bien''
Cené. Vi la televisión un rato. Subí a mi dormitorio y leí, dándome cuenta que nunca llegaría a saber el final de aquella tonta historia que bailaba entre las páginas.
A las diez y media apagué la luz y antes de dejarme vencer por el sueño, me despedí de mí misma.
''Adiós yo. Me ha gustado estar contigo todos estos años, ha habido peleas y a veces te he hecho daño, pero no ha sido una mala relación al fin y al cabo. Cuando ya no sea yo me echaré de menos, pero espero saber como ser yo sin ser yo porque yo voy a morir. Vaya, que cosa más rara''
Mi último pensamiento antes de quedarme dormida fue que iba a morir sin probar el helado de boquerones.
A la mañana siguiente desperté y volví a mirar el techo.
Mis piernas, mis brazos y mi cabeza seguían igual que siempre.
No estaba muerta, al menos no a efectos prácticos.
Pero si soy sincera, ahora que han pasado varios meses de aquello, desde entonces sigo preguntándome si realmente morí aquella noche.
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