Magic

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Cuando el tiempo se congela y la lluvia queda suspendida en el aire, es hora de dejar que la imaginación haga locuras con las letras.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Cuando lloras.

Arrancó mi sonrisa como si fuera una hoja de un cuaderno, la hizo una pequeña bola y la lanzo por la ventana, donde pudo caer al suelo y deshacerse ante las lágrimas del cielo.
También lanzó mi paraguas y mi abrigo. Mis guantes, mi bufanda y mis zapatos.
Una vez me dejó desarmada y desnuda, me lanzó a mí. Caí y encontré el suelo a demasiada distancia. Mientras descendía en una lentitud vertiginosa, las gotas de lluvia rozaron mi piel, estremeciéndola. Fue entonces cuando sentí el frío. Después, vino el dolor. Y más tarde, el único calor que podía tener era el de mis lágrimas calientes surcando mis mejillas.
La caída no iba a doler. Iba lento, apenas rozaría el suelo y me tumbaría sobre él. Eso creía. Tonta de mí.
Pude sentir como cada hueso de mi cuerpo estallaba contra la piedra mojada. Pude escuchar como se quebraban y perdían su rigidez. Pude notar como todo mi cuerpo se deshacía igual que mi sonrisa.
Desde la más absoluta soledad, pude alzar la mirada el cielo y dejar que la lluvia acariciase mi cara.
Ya no hacía frío. Ya no dolía. Ya no pasaba nada. Le vi asomado desde una ventana tan alta que ni escalando día y noche podría llegar a su alféizar. Me sonrió, se despidió con la mano y se fue.
El no me vio, pero yo le devolví la sonrisa.

lunes, 8 de octubre de 2012

Batidos de chocolate.

Me quité mis zapatitos de hebilla y empecé andar descalza sobre el frío suelo de mi palacio.
Pasé de largo varias puertas, recorrí pasillos interminables y llegué a mi destino. Creía que aquella habitación estaba más cerca del corazón de la casa, pero me equivocaba. O quizás se había movido sola, quién sabe. Abrí un poco la puerta y me colé por el pequeño hueco. 
Se me hacía raro estar allí. Antes era una habitación que frecuentaba tanto que ni siquiera me fijaba en lo grande que era o en la de cosas que había ido acumulando dentro. Aquellas paredes llevaban cobijándome toda la vida, y ahora me estaba separando de ellas. Y no quería, me daba miedo, me entraban ganas de llorar.
Me senté en uno de los ventanales que iluminaban la sala y me percaté de su ausencia. ¿Dónde estaba? Aquella personita llevaba allí tanto tiempo que ni me había fijado en lo pegada que estaba a ella, pero cuando se fue si que lo noté. ¿Seguía escondida dentro de algún rincón de mi palacio? ¿O se había ido para siempre? ¿Realmente se había distanciado totalmente de mí? ¿Era eso cierto?
Fui hasta la estantería y acaricié los lomos de los libros. Había miles con millones de historias. Otros eran libros normales que cualquiera podría tener, pero que para mí tenían un significado especial.
Me sentía sola.
Había perdido la mitad de mí.
Era triste.
Pero no lloraba. Era tan triste que no lloraba.
Y aún tenía esperanza en que solo fuera pasajero. 
Fui a la mesa del centro y cogí un batido de chocolate frío, volví al ventanal y miré mi jardín desde allí. Habían desaparecido la mitad de las flores.
De repente, alguien llamó a la puerta. Yo me giré y antes de contestar, esta se abrió.
La cara dulce y risueña del príncipe al que amaba asomó, pero esta vez su sonrisa era triste. Me tendió una mano y yo me acerqué a él sumisa. 
-No estés triste - me dijo abrazándome. Yo negué con la cabeza y le agarré fuerte la mano, dejando que me sacara de aquella habitación - no entres aquí por un tiempo. Cuando vuelvas todo será normal de nuevo.
Yo asentí y cerré la puerta, resignándome a hacerle caso.