Aquella noche lancé mi corazón por el acantilado de la angustia. Cayó rodando cubierto de sangre hasta llegar al agua donde flotó unos instantes rogándome que lo salvara y luego se hundió resignado.
Respiré tranquila. Por fin me había librado de esas odiosas emociones que oprimían mi pecho y torturaban mi cuerpo; fui libre de sentimientos, no me dolía, no me sentía esclava de mis lagrimas, era un robot dueño de sus actos.
Tragué saliva, me aferré a mi osito lleno de recuerdos de infancia y seguí con la vista fija en el mar. Estaba tranquilo. Pensé por un momento en mi corazón que ahora formaba parte del hermoso océano. Sin él estaba liberada, vacía...un cuerpo vacío...justamente lo que yo era sin mi estúpido corazón que tanto me había hecho amar y sufrir.
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