Cuando el hambre y la desesperación inundaba el país que gobernaba un malvado rey, el mensajero del pueblo que había bajo la colina donde vivía aquel rey con su hija, decidió hacer una visita a palacio.
Al llegar frente al trono donde un viejo señor lo miraba con desprecio, se arrodilló y le rogó que ayudase al país, que le cediera algo de sus riquezas para poder comer.
Ante la descabellada idea del joven y la súplica que le hizo su hija pidiéndole ir a ayudar, el rey entró en cólera, echó al mensajero de su país y le dijo a su hija que si iba, que no volviera jamás; y de esta manera, ambos se fueron. El mensajero se fue indignado del país y caminó durante días por caminos y más caminos sin rumbo, sabiendo que antes o después atravesaría la frontera del reino.
Al tercer día de su viaje, cuando la noche cayó y él casi dormía sobre montoncitos de hierba y hojas, un espíritu se le apareció. Él, lejos de asustarse por la linda niña que había frente a él sonriendo de manera infantil, la saludó divertido y le preguntó que hacía el fantasma de una niña tan pequeña recorriendo los bosques de noche. Ella, indignada, le respondió que tendría como mínimo cien años más que él que no era una niña aunque su apariencia así mostrase. También le contó que ella no vivía en el bosque, si no en un palacio en el país vecino, pero que había notado la presencia del joven y fue corriendo hacia él.
-Entonces eres un espíritu que necesita mi ayuda para hacer que la princesa de mi reino vaya hacia el tuyo ¿no?-concluyó el mensajero algo incrédulo tras dos horas de largas explicaciones.
-Así es, mañana te encontrarás con ella en la frontera, y debes decirle que vaya hacia el palacio de mi príncipe- el chico asintió y se despidió de la niña hasta la mañana siguiente.
Cuando el sol asomó por encima de las montañas, un joven medio muerto de frío despertó sobre hojas húmedas. Había llovido aquella noche y sus ropas estaban empapadas y tan frías como el hielo. Pero sin molestarse en calentar su cuerpo, se dirigió rápido a la frontera de su país y esperó pacientemente a que la princesa llegase.
Pasadas dos horas, el rubio cabello de la muchacha asomó entre los árboles. El chico se acercó a ella y dijo que dirección debía tomar.
-Recuerde, piérdase en aquellos bosques y se encontrará a sí misma-dijo él, dejado aún más desconcertada a la chica. Cuando ella asintió, le dio las gracias y se dispuso a irse, el mensajero la paró por última vez- Espere, princesa, ¿Podría decirme que pasó con mi aldea?
La sonrisa de ella se desvaneció en segundo y con su mirada llena de tristeza, sacó de su pequeña bolsa una manta pintada con muchas flores y se la entregó.
-Ellos siempre te acompañarán joven, gracias por tus indicaciones, ojalá encuentres tu meta-Y dicho esto volvió su sonrisa, esta vez salpicada de dolor, y se fue desapareciendo entre los árboles del bosque.
El mensajeró cerró los ojos y dejó caer lágrimes en silencio mientras abrazaba la tela de flores. En aquel momento el espíritu apareció a su lado sin decir nada y le miró fijamente.
-¿Tú me abandonarás?-preguntó el chico, sin saber muy bien porqué, a la niñita.
Esta sonrió y se acercó al muchacho, el cuál sintió un beso helado en su mejilla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario