Estaba sola en la habitación, así que él ya debía estar levantado. Giré sobre mí misma hasta llegar a su parte de la cama y abracé su almohada, aún caliente. Olía a él, a su champú, a sus cigarrillos y a restos de lejía. Era el mejor olor del mundo.
Sonreír casi sin darme cuenta e inspiré con más fuerza. Me encantaba hacer eso cada mañana que se levantaba antes que yo; y las que no, directamente podía abrazarle a él.
De repente, un olor a café y tostadas se mezcló con el de la almohada, y su voz con todo lo demás:
-Cariño, ¿qué haces?
-¡No sabía que estabas ahí!-medio cuerpo suyo asomaba por la puerta con una sonrisa burlona, y una taza en la mano. Se acercó a mi y se sentó al borde de la cama-Es que me gusta como huele...
Él me revolvió el pelo riéndose y dejó la taza en la mesilla de noche.
-Cualquiera que te oiga pensaría que eres una enferma loca, que lo sepas.
-¡Encima te metes conmigo! ¡Imbécil!-pero no pude evitar reírme. Me incorporé hasta quedar sentada y me abracé a su espalda, entrelazando mis manos sobre su pecho- ...No sabes cuanto te quiero.

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