A veces, pasas un tiempo en lo que nada pasa, nada impresiona, nada hace que sonrías, pero de pronto, un día, sin previo aviso, ocurre.
Sales a flote y respiras, te das la vuelta y encuentras a gente dispuesta a darte abrazos. De repente, tienes amigos, risas y besos.
Suele pasar que un mes va sucediendo a otro, y cuanto más tiempo pasas, menos esperanzas tienes en algo. Y ahora ahí estás, te despiertas y te sale la sonrisa tonta, y manoseas tu nuevo y adorable recuerdo una y otra y otra vez. Pero claro, luego el miedo vuelve. En cuestión de minutos, sin esperar a que te tranquilices, como si fuera una montaña rusa a toda velocidad, vuelves a sumergirte. Te aterroriza haberte ilusionado así, porque la última vez te llevó a meses y meses sin oxígeno y con tu mundo hecho trizas. Y luego, una vez más, tu mente se da la vuelta y te saca a flote diciendo ''oye, puede que sí, pero disfruta de estos minutos que tienes respirando y sonriendo; mejor eso que estar siempre sumergida temiendo llegar más al fondo del agua''. Y como no, le haces caso, y vuelves a sonreír, y tu corazón se encoje y se ensancha rápida y rítmicamente, de una manera que hasta duele; pero esta vez, es un dolor dulce e increíble. Ahora vuelves a dudar, piensas en finales horribles, vuelves a asustarte, y al agua de nuevo.
Y así una y otra y otra y otra vez, supongo que hasta que el responsable de todo ese mareo y vaivén diga algo a lo que agarrarse, algo seguro, alguna palabra cierta que decida si debes seguir un tiempo más en el fondo del mar, o puedes permitirte salir a la superficie.

No hay comentarios:
Publicar un comentario