Ella estaba sentada mirando el mar en calma. La noche estaba clara y se veían las estrellas, y a pesar de estar en bikini no tenía frío. Era una noche calurosa y bonita.
De repente, algo interrumpió sus pensamientos, que volaban a saber donde. Él se sentó encima de ella y la miró a los ojos.
-¿Qué pasa?-preguntó sonriendo.
Se quedaron un rato así, mirándose, hasta que él la abrazó y la tumbó en la arena, apoyando la cabeza en el hueco de su cuello. Allí tumbada, con la cabeza apoyada en la arena, solo veía el cielo y algunos mechones del chico, que descansaba en silencio encima de ella.
Pasaron minutos hasta que él se incorporó y la miró de nuevo; ahora ella ya no veía las estrellas, si no una sonrisa perfecta y unos ojos entornados. El flequillo de él tocó la frente de ella. Se acercó un poco más y rozó sus labios.
Al comprobar que ella no oponía resistencia, volvió a besarla, más seguro, más fiero, jugando con su boca, con su lengua.
Ella se dejaba llevar mientras se abrazaba a su espalda, es estaba a gusto, era dulce y suave, a la vez que intenso. Le encantaba esa sensación.
Él separó sus labios y volvió a fijar su vista en ella, que hizo un ruidito con interrogación. Él negó con la cabeza y volvió a besarla.

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