Miró a sus ojos y no pudo evitar sonreír. Esa mirada curiosa y enorme, esa sonrisa tan llena de vida, esa inocencia era lo que la mantenía fuerte.
Se acercó a él, que tumbado no apartaba la vista de ella, y le susurró bajito que él era lo que más quería, que no sería nadie si no estuviera allí. Le dijo que le quería, que le amaba, que era lo más feliz que le había pasado en la vida. No lo dejaría por nada del mundo, no dejaría que le hirieran, lo besaría cada noche. Le cuidaría, le haría reír, lo adoraría pasara lo que pasase y jamás la decepcionaría. Le comentó lo mucho que había estado esperando para un amor así, lo mucho que lo había anhelado, y que ahora que él estaba a su lado cada día, cada madrugada, cada noche, era como si siempre hubiera sido así. Abrazaría ese cuerpo cada vez que lo necesitase, nunca más estaría sola. Lo amaba con locura. Le dijo que era el hombre de su vida, que dedicaría cada segundo a su felicidad, a hacer crecer esa sonrisa, que moriría por él, que todo lo que él amase lo amaría ella también.
Se acercó a su frente y le besó con ternura.
Él ya dormía, y ella se quedó observándole un poco más; y cuando le entró sueño a ella, se apartó de la cuna y cerró la puerta con cuidado de no despertarle.
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