Una mañana desperté convencida de que ese mismo día iba a morir.
No hubo ninguna señal, ni se me apareció la muerte en sueños, ni esas tonterías que vienen en los libros; simplemente lo supe: sonó el despertador, abrí los ojos, miré al techo cuando la irritante musiquita del móvil seguía sonando y pensé ''hoy voy a morir''. Así de sencillo.
Si soy sincera, no me entristecí, ni lloré. Me levanté, apagué el despertador, me vestí y bajé a desayunar.
Comí cereales con leche fría y un vaso de agua.
Fui al baño, me maquillé, me lavé los dientes, me peiné, cogí mi mochila y me fui al instituto.
Pasé un día como cualquier otro, solo que mentalmente me iba despidiendo de cada uno de mis padres y profesores. Hablaba con ellos, les reía las gracias y preguntaba mis dudas en clase mientras pensaba ''a ti te voy a echar de menos, eres buena chica'' o ''cuando mañana no esté, ¿Con quién se sentará mi compañero de mesa?''
Había dado por hecho que iba a morir, y no iba a hacer nada para evitarlo.
Cuando volví de clase me puse a estudiar para el examen que tenía al día siguiente a pesar de que sabía que no lo iba a hacer. Llamé a mi padre y cuando me despedí de él supe que sería lo último que le diría.
Me duché y dediqué un largo rato a cepillarme el pelo mojado mientras miraba mi cuerpo desnudo en el espejo.
''Que joven voy a morir, si aún no tengo arrugas''
Y me peinaba.
''Me hubiera gustado saber como sería de vieja. Algunas ancianas simplemente se ponen gordas, pero mi abuela es delgada, ¿Cómo sería yo?''
Y me seguía peinando.
''Tener el pelo blanco hubiera estado bien''
Cené. Vi la televisión un rato. Subí a mi dormitorio y leí, dándome cuenta que nunca llegaría a saber el final de aquella tonta historia que bailaba entre las páginas.
A las diez y media apagué la luz y antes de dejarme vencer por el sueño, me despedí de mí misma.
''Adiós yo. Me ha gustado estar contigo todos estos años, ha habido peleas y a veces te he hecho daño, pero no ha sido una mala relación al fin y al cabo. Cuando ya no sea yo me echaré de menos, pero espero saber como ser yo sin ser yo porque yo voy a morir. Vaya, que cosa más rara''
Mi último pensamiento antes de quedarme dormida fue que iba a morir sin probar el helado de boquerones.
A la mañana siguiente desperté y volví a mirar el techo.
Mis piernas, mis brazos y mi cabeza seguían igual que siempre.
No estaba muerta, al menos no a efectos prácticos.
Pero si soy sincera, ahora que han pasado varios meses de aquello, desde entonces sigo preguntándome si realmente morí aquella noche.
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