El corazón latía rápido e irregular, las piernas tropezaban y me rogaban parar; y la cabeza me amenazaba con estallar. Pero de todos modos, yo seguí corriendo.
Un pie tras otro, cada vez más rápido, cuesta arriba, miles de imágenes pasándome por la mente; algunas incitándome a no parar y otras gritando que mirase hacia atrás y viera todo lo que estaba perdiendo huyendo así.
Pero todo daba igual, yo no quería estar allí. Y entonces, de repente, estuve lo suficiente lejos. El sol cegó mis ojos y un aire fresco y libre inundó mis pulmones. Alcé los brazos y dejé que esa brisa recorriera todo mi cuerpo y me limpiase por dentro. Rompí a reír y noté como la libertad se iba haciendo dueña de mi mente y de mi cuerpo. Tras tanto tiempo de tristezas, de crudas realidades que me golpeaban donde más me podía doler, tras despedidas dolorosas y la soledad abrazada a mi eternamente...tras tanto sufrimiento, por fin era libre...
Y entonces, cuando una felicidad plena, amable y cálida me abrazaba con ternura, sonó mi despertador.

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