Con un pequeño portátil sobre mis piernas pasaba el rato en aquel vagón de metro. Escribía cualquier artículo sobre la adolescencia que más tarde iría destinado a mi blog. Todo lo que relataba era siempre lo mismo...desamor, estudios, soledad, incomprensión...fotocopias unas de otras.
Pero esa vez fue diferente.
Agité la cabeza para quitarme el flequillo de los ojos, que al levantar la vista dieron un repaso a todo mi alrededor. Y allí estaba él, con otro portátil, escribiendo quizá sobre lo mismo que escribía yo.
Supongo que él debió notar mi mirada fija en sus movimientos, porque decidió levantar los ojos y mirarme también, pero yo sentí verguenza y volví a mi escrito. Él hizo lo mismo.
Y así durante varias paradas. Yo le miraba, él me miraba, yo apartaba la vista, el apartaba la vista. Borré toda mi queja sobre el mundo que estaba explayando contra las teclas para dedicarme a describirle. Sus ojos eran claros pero a la vez mostraban dureza. Su pelo desarreglado y de un extraño color avena oscuro. Sus manos largas y fuertes. Perfectas.
Sus labios creaban una fina línea mientras escribía, y su rostro se mostraba concentrado sin dejar de parecer tranquilo. Para mí era perfecto.
Pensé en hablarle, decirle cualquier cosa para poder acercarme a ese chico, pero no fui capaz y esperé a que quizá él diera el primer paso. Nuestras miradas seguían jugando cada vez con menos vergüenza, pero sin dejar de ser tímidas.
Y de pronto, sin previo aviso, sin ninguna señal que me indicara que se me estaba acabando el tiempo, el tren se paró. Él se levantó cerrando su portátil y salió a la estación, cerrándose las puertas tras de sí.
''Un amor fugaz en un metro'' pensé.
''No le volveré a ver'' pasó por mi mente.
''¿Qué es eso?'' me pregunté.
Decidí levantarme y fui hasta el que antes fue su asiento y recogí un trozo de papel arrugado.
En él había escrito un número de teléfono con torpe escritura.

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