Es ese miedo.
Ese terror a no ser demasiado buena, a no estar a la altura.
Temerle a la vida se ha vuelto mi rutina. Aterroriza pensar en no conseguir las metas que me propongo, en que nadie vaya a valorarme.
Es paralizador, asfixiante, vertiginoso.
Una y otra vez se dibujan en mi mente esas caras de desaprobación, como si les hubiera defraudado a todos.
Nunca pensé que sería tan difícil perseguir un sueño. Es como si hubieran demasiadas cosas que te anclan en un sitio; no puedo dejar de infravalorar lo que soy, lo que pienso o como me veo.
Me apoyo en excusas para no seguir adelante y sueño con tener una vida más sencilla, más cómoda.
Hay días que incluso siento náuseas o mareos, como si estuviera a punto de lanzarme de un edificio demasiado alto, y a la lejanía, en el suelo, viera los cuerpos de aquellos que lo intentaron antes que yo y fracasaron sin remedio.
No puedo evitar desconfiar de mí misma.
No puedo evitar odiarme.
No puedo evitar envidiar a quienes van por delante de mí.
Pruebo a cerrar los ojos y me imagino abrazada a alguna de esas personas que confía en mi y me consuelan. Bueno, abrazada no, más bien acurrucada contra su cuerpo, dejando que me acaricie la cabeza y me susurre que soy mucho mejor de lo yo soy capaz de ver en el espejo.
Pero cuando abro los ojos solo estamos mi reflejo y yo. Y entre nosotros una verdad indiscutible.
Que no estoy a la altura.
Que todo esto me queda grande.
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