Magic

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Cuando el tiempo se congela y la lluvia queda suspendida en el aire, es hora de dejar que la imaginación haga locuras con las letras.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Cuando lloras.

Arrancó mi sonrisa como si fuera una hoja de un cuaderno, la hizo una pequeña bola y la lanzo por la ventana, donde pudo caer al suelo y deshacerse ante las lágrimas del cielo.
También lanzó mi paraguas y mi abrigo. Mis guantes, mi bufanda y mis zapatos.
Una vez me dejó desarmada y desnuda, me lanzó a mí. Caí y encontré el suelo a demasiada distancia. Mientras descendía en una lentitud vertiginosa, las gotas de lluvia rozaron mi piel, estremeciéndola. Fue entonces cuando sentí el frío. Después, vino el dolor. Y más tarde, el único calor que podía tener era el de mis lágrimas calientes surcando mis mejillas.
La caída no iba a doler. Iba lento, apenas rozaría el suelo y me tumbaría sobre él. Eso creía. Tonta de mí.
Pude sentir como cada hueso de mi cuerpo estallaba contra la piedra mojada. Pude escuchar como se quebraban y perdían su rigidez. Pude notar como todo mi cuerpo se deshacía igual que mi sonrisa.
Desde la más absoluta soledad, pude alzar la mirada el cielo y dejar que la lluvia acariciase mi cara.
Ya no hacía frío. Ya no dolía. Ya no pasaba nada. Le vi asomado desde una ventana tan alta que ni escalando día y noche podría llegar a su alféizar. Me sonrió, se despidió con la mano y se fue.
El no me vio, pero yo le devolví la sonrisa.

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