Arrancó mi sonrisa como si fuera una hoja de un cuaderno, la hizo una pequeña bola y la lanzo por la ventana, donde pudo caer al suelo y deshacerse ante las lágrimas del cielo.
También lanzó mi paraguas y mi abrigo. Mis guantes, mi bufanda y mis zapatos.
Una vez me dejó desarmada y desnuda, me lanzó a mí. Caí y encontré el suelo a demasiada distancia. Mientras descendía en una lentitud vertiginosa, las gotas de lluvia rozaron mi piel, estremeciéndola. Fue entonces cuando sentí el frío. Después, vino el dolor. Y más tarde, el único calor que podía tener era el de mis lágrimas calientes surcando mis mejillas.
La caída no iba a doler. Iba lento, apenas rozaría el suelo y me tumbaría sobre él. Eso creía. Tonta de mí.
Pude sentir como cada hueso de mi cuerpo estallaba contra la piedra mojada. Pude escuchar como se quebraban y perdían su rigidez. Pude notar como todo mi cuerpo se deshacía igual que mi sonrisa.
Desde la más absoluta soledad, pude alzar la mirada el cielo y dejar que la lluvia acariciase mi cara.
Ya no hacía frío. Ya no dolía. Ya no pasaba nada. Le vi asomado desde una ventana tan alta que ni escalando día y noche podría llegar a su alféizar. Me sonrió, se despidió con la mano y se fue.
El no me vio, pero yo le devolví la sonrisa.

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