Al principio apenas era unas lagrimitas visibles, pero cuando empezó a sonar aquella canción convirtió esas pequeñas gotas en mares que surcaban sus mejillas hasta caer encima de su pecho.
Abrió un poco la boca y susurró ''lo siento''. Y volvió a llorar. Y de nuevo volvió a decir esas dos palabras. ''Lo siento...perdóname...perdón....''
Cerró los puños con fuerza y los presionó todo lo que pudo en sus ojos, intentando parar las lágrimas, pero no lo consiguió. Le temblaba todo el cuerpo y deseaba morir. Y mientras, se disculpaba.
Una y otra y otra vez sin cesar susurraba perdón. Perdón por haber amado, por sentir envidia, por quererle solo a él, por no poder alegrarse, por llorar. No era justo, porque él estaba contento. Y de esa manera, ella debía estarlo.
Esas cosas a veces ocurren. Una niña monstruo se enamora de un príncipe. Él le coge cariño mientras ella le ama. Y duele, duele más que si te apuñalaran en el pecho. Porque no es una historia de tres. En todo cuento en el que haya un príncipe, tiene que haber una princesa. Y esa no es la niña monstruo. Que va, ella nunca será la protagonista de esa historia, aunque sufra como nadie, aunque llore como nadie, aunque pida tantas veces perdón.
Al final, la niña monstruo no comerá perdiz con el príncipe, porque lo que debe hacer es acurrucarse y pedir disculpas. Es su papel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario